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ROSA RIBAS

Creció en el Prat de Llobregat, cerca del aeropuerto, la estación de tren y una fábrica de papel con olor peculiar. Adicta, por esto, a la ciudad y su sintonía, no es de extrañar que los trenes sean un lugar idóneo para leer y las cafeterías para imaginar cómo matar.

Su infancia, llena de viajes y experiencias, le permitió madurar y crecer como persona, además de dotarle de una rápida adaptación y el don de encontrar amigos que hasta una coartada serían capaces de inventar, amigos para toda la vida.

Se muda a Alemania, patria cómplice de crímenes callados que se dejaron pasar, porque quería ser extranjera y lidiar con las barreras culturales e idiomáticas que allí le surgieran. Primero vivió en Berlín, luego se trasladó a Frankfurt, ciudad con marcada esencia alemana que a día de hoy aún la acoge.

Su gata, ya mayor y sorda, se suele tumbar a su lado cuando no está armada con su afilado lápiz creando historias. El 139 también le ayuda a hilvanar los problemas y destinos que sus personajes deberán afrontar.

Entre sus hazañas encontramos que fue árbitro auxiliar de baloncesto y empaquetadora de barritas de plastilina. Quiso además enfrentarse al griego clásico e impartió clases de esta lengua, a la que algunos atrevidos llaman muerta, porque ella es así, aventurera temeraria.

No dudamos, los personajes y los escenarios de sus obras se empapan de su propia historia personal y los lugares donde ha vivido.


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