Hablamos de Vieja entrepierna humeante

«Afortunadamente, recordaba mis instrucciones. Tres días después, abrió la puerta del refugio con un par de disparos y se derrumbó sobre el catre cubierto de arenilla, de mantas y ropa de cama tiesas y resecas. Durmió durante muchísimas horas, bajo el peso aplastante del aire viciado y grumoso del interior, y al despertar apenas recordaba cómo había llegado, la travesía a pie sin comer ni beber ni dormir hasta aquel lugar que ahora aparecía ante sus ojos polvoriento y desgastado, todo del mismo color ocre, paralizado en el tiempo, como si hubiera acabado de desenterrarlo. Pestañeaba y sus párpados sonaban pegajosos: plac-plac. Accionó la bomba de agua y se duchó hasta gastar el depósito principal. Tuvo un día entero su ropa metida en agua con jabón. Contó con detenimiento el dinero de la maleta. A lo largo de las primeras jornadas recuperó fuerzas y aquello le hizo pensar que quizá el plan sería más fácil de lo que creía; pudo reparar la entrada, repasó todo cuanto contenía el refugio, se preparó para desaparecer por fin, hasta que un furgón negro que surgía cada mañana de la nada, anunciando lo fácil de quebrantarse que era aquel sueño, la convenció de que la solución a su problema no era tan sencilla como simplemente escapar».

 

AVANCE DEL CONTENIDO EXTRA

¿Cuándo, cómo y con qué descubre la lectura Barea?

¿Qué lee el chaval Manuel Barea?

¿Y el joven Barea?

Soy generación audiovisual; mucho, además. Un día mi padre me dijo que esas películas y esas series y esos vídeos que me tenían enganchado, antes fueron libros, nacieron en libros. Me los dio... Y no eran las pelis: ¡la magia estaba en los libros!

Cuando confluyen el Manuel lector con el Barea escritor… ¿qué lees?


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