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GODOT: PRÍNCIPE DE DINAMARCA

David Llorente

El niño quiere ser hombre y el hombre quiere ser viejo y el viejo quiere ser más, aunque con dolor. Lo importante es que el juego no termine todavía y si es posible, que no termine nunca. Dos buenos amigos míos no habían cumplido los cincuenta años y ya se iban a morir. Uno de ellos, en la cama del hospital, abrió los ojos y nos gritó: «Ayudadme, que me muero». El otro me escribió por Facebook: «David, el cáncer aprieta. Te escribo para despedirme. No ha habido más tiempo. No dejéis que mi tumba se llene de hormigas». Valga el título de Godot: príncipe de Dinamarca para adentrarnos en una novela que ahonda en la doble dimensión del ser humano: la absurda y la trágica. Solamente existe una única certeza y es precisamente a eso a lo que más miedo tenemos. No puede haber, pues, mayor inadaptación a la vida que la nuestra.

Esta novela comienza justo en el momento en que debería terminar y su protagonista estaría dispuesto a que se olvidaran todas sus hazañas a cambio de una página más, de un párrafo más, de una línea más y convencerse de aquello de lo que todos nosotros nos queremos convencer: que el punto y final es algo que les llega a los demás, mientras que para nosotros aún queda mucha literatura, aunque sea de la mala.

El primero que comparó la vida con un teatro fue un genio; el último, un imbécil. Permitidme la imbecilidad de imaginarme a un autor dramático encerrado en su propio teatro, incapaz de abandonarlo y al mismo tiempo incapaz de permanecer allí dentro un segundo más. Se moverá como quien transita por un laberinto. El reto es orientarse lo antes posible, no vaya a ser que la casualidad le lleve a la salida.

El que quiera entender, que entienda; y al que no, aplausos y telón.

El género negro nos dirá quiénes somos. La ciencia-ficción nos hará libres.