Hablamos de Godot: Príncipe de Dinamarca

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El servicio de caballeros

El autor salió del vestíbulo, giró a la izquierda en el primer pasillo y cuando se vio libre de la mirada del portero, que era homosexual y que se llamaba Carlos, se metió corriendo en el lavabo de caballeros.

Caminó hasta el fondo del servicio y se encerró en una de las cabinas. Allí dentro se sentó en la taza del váter y se quedó mirando la puerta que tenía enfrente de él, desconchada y rayada de frases obscenas, a apenas unos pocos centímetros de su nariz. Sentía que se había recluido en el último rincón del teatro, pero a lo mejor se había equivocado, porque hasta allí también llegaban los aplausos del público.

El autor recordó, con un escalofrío, que le encantaban los servicios públicos. Recordó que solía pasear por la ciudad y que, cuando se sentía fatigado, se metía en cualquier servicio de caballeros a descansar. Aunque lo cierto era que durante sus largos paseos, más que caminar, lo que hacía era escribir. Después de más de cuarenta años de oficio, había descubierto que las historias no se crean escribiéndolas, sino pensándolas. Por las calles, deambulando de un lado para otro, sin darse cuenta de nada de lo que sucedía a su alrededor, se dedicaba a dibujar personajes en la cabeza, a visualizar escenas, a escuchar mágicamente los diálogos. Sentarse a escribir delante de una mesa se convertía, en realidad, en el trabajo mecánico de volcar al papel, de pasar a un código de palabras, un pedazo de su imaginación».

 

AVANCE DEL CONTENIDO EXTRA

1973. Carabanchel (Madrid). Empieza todo.

Lo que más me gustaba de pequeño era que me dejaran en paz.

Yo me creaba mi mundo, mis historias, y vivía dentro de ellas.

No quería ser nada de mayor, no sabía lo que quería ser.

Los juegos, al comienzo de la adolescencia, eran el fútbol, el baloncesto (estaba en un equipo del barrio), y los recreativos en los que me hice ‘un nombre’ jugando al Kunf-Fu Master.

El ‘escritor’ aparece ya en esa época…

¿La Universidad? Tenía 24 asignaturas. Aprendí literatura, leía compulsivamente; y aprendí juegos de cartas: ¡hasta 40 juegos!


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