Hablamos de Vieja entrepierna humeante
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Ojos abiertos
Después de toda la noche conduciendo, nos detuvimos en una gasolinera donde para mi desgracia nos encontramos con un tipo con una crisis de los setenta del copón. Cuando apagó el motor en el surtidor de al lado no tuvo cojones de apagar también la radio, supongo que con toda la intención de que el lugar se inundara con el ruido atronador de la mierda de rumba o salsa chunga que salía de su descapotable. Loti me dijo que iba al cuarto de baño. Asentí y mascullé algo. La noche era fría y ventosa y lúgubre. Yo apenas podía mantenerme en pie. Tenía que apoyarme en el lateral del coche robado. Escuchando el cric-crac del cuello y la base del cráneo. Cruzando los brazos en torno al abdomen con la vana esperanza de sujetar los pedazos y tomarme un respiro. Un momento de calma para apreciar como Dios manda las idas y venidas en la garganta y la nariz de un liquidillo con sabor a metal. Debía achinar los ojos a conciencia para observar lo que tenía delante».
AVANCE DEL CONTENIDO EXTRA
Ya le buscamos por Sevilla y en Triana, y en esta conversación buscamos a Barea entre su ahora mas reciente y su ahora mismo.
Todo empieza con un viaje determinante:
Sevilla se me queda pequeña y con la pasta del premio de Valencia marcho a Madrid. La ciudad me gustaba y queríamos (Gloria y yo) independizarnos.
El tamaño de Madrid me desbordó, todo se me hacía grande. Y además, el ‘precio’ de la independencia resultó ser un follón: búsqueda de casa, pago de alquiler, recibos del agua y de la luz, empadronarse, buscar médico y ambulatorio…
Pero Madrid fue libertad, libertad plena para escribir… De hecho, allí nacieron tres novelas…
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